Los objetos de cerámica fueron los primeros objetos hechos por el hombre en las sociedades primitivas. Como los materiales básicos (arcilla bruta y agua) y las técnicas básicas han seguido siendo las mismas durante miles de años, todas las cerámicas antiguas tienen una apariencia similar.
El material básico para la fabricación de cerámica es la arcilla, cuyas calidades plásticas varían de un yacimiento a otro según sus componentes, que generalmente incorporan cantidades apreciables de cuarzo, mica, óxido de hierro y otras sustancias minerales. La revolución más importante en el proceso de fabricación de la cerámica se dio en China hacia el siglo VII después de Cristo, con el descubrimiento del caolín (arcilla china). Mezclada con el petuntse (piedra de feldespato) y cocida a unos 1300 grados centígrados, se forma un cuerpo duro, traslúcido y blanco, que emite sonidos especiales al ser golpeado y que constituye la verdadera porcelana.
Los primitivos ceramistas trabajaban a mano, usando principalmente los dedos índice y pulgar para dar forma a la arcilla, que una vez mezclada con agua, se troceaba y se aplastaba hasta conseguir una especie de oblea maleable que se enrollaba alrededor de una base más o menos redonda. La vasija resultante tenía distinta forma según fuera a usarse para llevar agua, cocinar o guardar elementos comestibles. Cuando las vasijas se habían secado, se encendía un fuego sobre ellas, para fabricar unas terracotas poco cocidas pero de gran fragilidad.
Es imposible fijar la fecha en la que aparece el torno, aunque su uso estaba ya generalizado entre los cretenses del segundo período minoico (unos 1.600 años antes de Cristo). Se ubica su origen en Egipto y esto produjo una verdadera revolución en la alfarería. Al menos, el torno lento movido a mano, que probablemente fuera sustituido en poco tiempo por el más rápido movido con el pie. En el torno, el alfarero o ceramista colocaba la masa moldeable sobre una plataforma rotativa o disco y trabajaba la misma con ambas manos consiguiendo una mayor exactitud y simetría de formas al moldear las paredes de la vasija. El torno permitía la fabricación de elementos mucho más finos que los que se obtenían sólo a mano, por lo que hacía falta una arcilla más refinada.
Otro método muy antiguo de dar forma a la arcilla fue el sistema de moldeo utilizando una especie de cesta o saco al que se pegaba la arcilla blanda. Esta matriz se consumía con el fuego del horno dejando en la vajilla cocida las marcas de la cuerda tejida. Los griegos mejoraron esta técnica del moldeo utilizando moldes de arcilla refractaria que llegaron a ser enormemente complejos y sofisticados. Las figuras de Tanagra, por ejemplo, llamadas así por haber sido halladas en Tanagra (Beocia), son, en su mayoría, terracota cocida en molde refractario.
Tampoco puede fijarse la fecha en la que el secado y endurecimiento de la arcilla dejó de hacerse mediante la acción directa del sol. Las primitivas vasijas cocidas al sol no podían contener líquidos, porque su endurecimiento no era completo y la arcilla recuperaba su maleabilidad en contacto con el agua. Los cambios químicos que prestan a la arcilla una dureza permanente sólo se consiguen a temperaturas no menores de 500 grados centígrados. Los hornos más primitivos consistían en un agujero practicado en el suelo en el que se depositaba la cerámica, cubierta luego con una pira de madera.
Los motivos ornamentales de la cerámica han sido enormemente diversos y han dado lugar a muy diferentes técnicas. Las más primitivas eran marcas e incisiones conseguidas por la presión de los dedos o con una cuerda, como la de las cerámicas japonesas llamadas Jömon (primer milenio antes de Cristo). También son antiquísimas las adiciones al cuerpo principal de la vasija de ornamentaciones protuberantes o de diseños en relieve conseguidos presionando la pared de la vasija desde su interior, como la terra sigillata romana. Otros ornamentos en relieve se conseguían también aplicando un rodillo (con los motivos decorativos grabados) a la arcilla blanda antes del horneado, como en la cerámica etrusca.
Una forma de ornamentación muy común a muchas culturas ha sido el llamado sgraffito, que consiste en esquemas decorativos grabados mediante el raspado del color básico que cubre el cuerpo de la vasija. Una modalidad del sgraffito es el champlevé, en el cual se prepara una gruesa cubierta de un solo color de manera que las incisiones decorativas sean tan profundas que se pueda conseguir un sugestivo efecto de relieve. Esta técnica fue muy común entre los ceramistas islámicos y chinos de la dinastía Sung.
Los barnizados son también antiquísimos, ya que la porosidad de la arcilla cocida al horno, aunque sea ya capaz de contener líquidos, los va rezumando. Esto resulta muy útil cuando se pretende mantener un líquido a baja temperatura, como en el clásico botijo español, porque el líquido rezumado se evapora y enfría el agua del interior, pero presenta muchos inconvenientes para contener otros líquidos, como el vino o la leche. De manera que el barnizado (aplicación de una capa de material vítreo) se aplicó para corregir el hecho de que las arcillas poco cocidas no son naturalmente impermeables. Los primeros barnices se hacían de una serie de materiales en su estado original, entre los que estaba la propia arcilla bruta mezclada con plomo, bórax, estaño o sosa y vidrio o pedernal del suelo. Para fabricar cacharros de barro con barniz de sal, se colocaba la sal en el horno cuando la temperatura era de unos 1.000 grados centígrados. La sal formaba una capa muy fina vidriada.
La más avanzada técnica de barnizado es el vitrificado, que se consigue cubriendo la superficie de la pieza ya horneada con cristal pulverizado y dándole un segundo horneo, durante el cual, las finas partículas de cristal se funden formando un barniz uniforme que cubre los poros. Básicamente, existen cuatro clases de vitrificado: al feldespato, al plomo, al estaño y a la sal. Todos dan un barniz transparente, excepto el estaño que produce un blanco opaco. El arte del vitrificado al estaño fue descubierto por los asirios hacia el 1100 antes de Cristo y "redescubierto" en Mesopotamia en el siglo noveno, desde donde se extendió a Europa a través de los ceramistas árabes españoles.
La aplicación del color a la cerámica se ha conseguido también por muy diversos métodos. Uno de ellos ha consistido en añadir óxidos colorantes al propio vitrificado lo que ha dado lugar a técnicas tan sofisticadas como el cloisonné, que se consigue silueteando cada zona del esquema decorativo con "paredes" de arcilla, separando así unas de otras, y aplicando un distinto colorante al vitrificado de cada zona.
En el siglo XII, los ceramistas islámicos de Persia descubrieron la técnica llamada miniai, que se extendería luego a todo el Mediterráneo y a Europa. Se trata de un método de decoración coloreada que consiste en aplicar los colorantes a la pieza ya cocida y barnizada. Estos colorantes se fijarán definitivamente mediante un segundo horneado a una temperatura más baja que la que fue necesaria para la cocción previa de la pieza.
Hasta el siglo XIX, cuando los colores para cerámica empezaron a producirse a escala industrial, los óxidos colorantes más usados fueron los de estaño, cobalto, cobre, hierro, manganeso y antimonio. El óxido de estaño es el blanco. El azul de cobalto, que puede dar matices desde el gris azulado al más puro color zafiro, fue muy usado, tanto para la cerámica como para la porcelana. El óxido cúprico produce otros diferentes tonos de azul y el óxido cuproso diversos matices de verde. Los colores obtenidos con el óxido férrico van desde un amarillo pálido al negro, pasando por un rojo ligeramente anaranjado, mientras que el óxido ferroso da el color verde. El manganeso produce colores que varían desde un brillante rojo púrpura a un púrpura oscuro casi negro y el antimonio se convierte en un excelente amarillo.
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