Con fruición, recorro las ofertas de antiguedades con el fin de recordar los viejos tiempos. No siempre para comprar, sino por honrar la memoria.... A pesar de mi indulgencia hacia lo antiguo, he visto con horror que algunos de los ofertantes no tienen idea de lo que se llama el valor real de la mercadería, ni tienen en mente el precio de amortización del objeto. A excepción de los metales preciosos que mantienen un patrón internacionalmente reconocido,o bien auténticas piezas de colección, todos los objetos sufren depreciación en el tiempo,por más guardados que estuvieran, y no me fue infrecuente hallar revistas estropeadas por la humedad, muñecas en estado abominable, objetos varios rajados y en estado dudoso, tal como vinilos, morteros para moler cereales,y otros objetos que es ocioso enumerar.Creo que, a la hora de desprendernos de un objeto de cierta antiguedad, no debemos perder de vista que el comprador eventual se merece nuestra consideración. Más allá de nuestros deseos de hacer buenos negocios, la razón y la autocrítica debe presidirlos a la hora de hacer la valuación de algunos artículos que aún nosotros mismos no compraríamos a determinados precios, si los viéramos exhibidos. |